Estaba llorando en el suelo.
Sentada, rodeada de 4 compañeras de trabajo. A las puertas magníficas, de cristales, de un enorme edificio de oficinas en la zona norte de la ciudad. Pelirroja, en la década de los 30 (año arriba, año abajo), con ropa informal, un día cualquiera de la semana. Era media mañana, más o menos las 12.15 minutos y las chicas se encontraban fuera de su lugar de trabajo, no estaban sentadas en sus mesas de escritorio delante de sus ordenadores en ese fantástico edifico transparente.
De pronto, empieza a gritar.
La chica pelirroja, que gemía relajada y arropada por unas cuantas colegas, se levanta bruscamente del suelo y se desgañita chillando como una loca. No hay nadie que pueda tranquilizarla y, muy lejos de ello, cada vez grita más fuerte. Todos los trabajadores del edificio la escuchan. Unos se asoman a las ventanas, otros bajan a la calle (con la excusa de fumar un cigarrillo, y así enterarse de lo que está pasando). Ella se mueve de un lado a otro, no para de gritar, se tira al suelo, se levanta.... es un manojo de nervios y cada vez hacen falta más brazos para sujetarla. Pero todos son incapaces de sujetarla. Cada vez está más fuera de sí y es más fuerte. La situación se está prolongando y se les va de las manos.
Pasa el tiempo ... Se oye la sirena de una ambulancia a lo lejos, alguien se acerca al filo de la calle y señala: "es aquí". Aparecen 2 médicos con las manos vacías y se acercan a la chica que está tumbada, su cabeza reposa en las piernas de un hombre, trajeado, de los de oficina, que no ha dudado un segundo en tirarse al suelo con ella y acariciarla mientras le habla. Se ha tranquilizado, no grita, no se mueve.
De pronto, sus piernas. Se elevan, se agitan, su voz vuelve a oirse a lo largo y ancho de toda la manzana. La gente mira, se asusta, pregunta: "¿qué le pasa a esa chica?"
Alguien responde: " Tiene un ataque de ansiedad. No es el primero". Ahora suenan más sirenas que se acercan, llegan 4 policías, y 2 más, y otros 2.
Todos la rodean, ella grita: " Me estais haciendo daño! Dejádme en paz! Me haceis daño!
Ha pasado una hora desde que la ví, a la entrada del edificio en el que trabaja, estaba llorando. No queda nadie de la oficina en la calle.
Un enfermero cierra las puertas traseras de la ambulancia Dentro, una chica, alrededor de 30 años, pelirroja, maniatada por un montón de hombres de uniforme, sigue chillando: "no me hagais más daño!".
El vehículo se aleja del lugar.
Se la llevan.
Está loca.